Opinión

Notas Sueltas Mientras Tanto, ELECCIONES… OTRA VEZ

(Tercera parte: La izquierda — entre la promesa y el poder)

Por: Nino Matus

Desde hace 100 años la izquierda colombiana, entonces liberalismo radical, buscó el poder. Hace 4 años dejó de ser una posibilidad: hoy es gobierno.

Durante décadas fue una idea en construcción: defendieron las luchas sociales a comienzos del siglo XX, respaldaron las “repúblicas independientes” entre los años 40 y 60, cuyo bombardeo dio origen a las FARC, sufrieron el genocidio cometido contra la UP a partir de 1986 y se comprometieron con una transición democrática en los 90.

Con la constitución del 91, la izquierda se alzó como una voz opositora que señalaba desigualdades, cuestionaba el modelo y prometía corregirlo. Pero gobernar no es solo señalar: Es decidir y ello implica proponer, dialogar, renunciar, priorizar, acordar… y asumir costos.

Ese tránsito, de la promesa al poder, es la prueba más exigente para cualquier corriente política. Hoy ya no se le puede medir por lo que denuncia, sino por lo que resuelve; no por lo que promete, sino por lo que cumple. Y en ese paso aparecen sus tensiones.

La principal: la expectativa. La llegada al poder no fue solo una victoria electoral. Para millones, representó una esperanza acumulada durante años. La expectativa de cambio fue y sigue siendo alta, pero la realidad impone límites institucionales, económicos y políticos. Administrar la distancia entre lo prometido y lo posible ha sido su mayor desafío.

A esto se suma una tensión narrativa: Durante años, la izquierda construyó su identidad en oposición; hoy, siendo poder, necesita un relato que no solo explique lo que critica, sino lo que ejecuta; pero la izquierda sigue comunicando, a veces, como oposición, aun siendo gobierno. Esa disonancia debilita su mensaje.

En ese escenario, el liderazgo del presidente Gustavo Petro es determinante: fue clave para llegar al poder, pero también concentra críticas, decisiones cuestionadas y expectativas frustradas. Aun así, mantiene cerca de la mitad de la opinión favorable, lo que explica la vigencia de su proyecto y el liderazgo de su candidato en las encuestas.

Dentro de ese mapa aparece Iván Cepeda Castro, representante de una izquierda ligada a los derechos humanos, la memoria y las víctimas. Su cercanía con el gobierno lo impulsa, pero también lo desgasta. Su fortaleza es la coherencia; su reto, demostrar capacidad de ejecución.

Hay, sin embargo, una contradicción: es un dirigente mesurado y dialogante, pero ubicado en una izquierda más radical. Su papel en procesos de diálogo con la guerrilla sigue siendo leído en doble vía: como apuesta por la paz o como cercanía cuestionable.

Episodios simbólicos, como el uso del nombre de su padre por un frente de las FARC sin que lo hubiera desautorizado, ha alimentado esa percepción, aunque no exista proceso judicial en su contra. Esa dualidad entre legitimidad institucional y desconfianza, configura uno de los principales puntos de fricción de su figura pública.

Dicho esto, no puedo omitir una razón personal: mi familia y yo fuimos víctimas de las FARC. Esa experiencia no define todo lo que pienso, pero sí atraviesa la forma en que leo estos procesos. Lo menciono porque debo reconocer que no opino desde la distancia y porque la objetividad también pasa por saber y decir desde dónde se habla.

Más a fondo, hay dos temas ineludibles. El primero, la corrupción. Este gobierno ha enfrentado cuestionamientos que golpean su promesa de cambio. Es cierto, la corrupción no es nueva en Colombia, ni exclusiva de un gobierno. Ha estado presente desde que se consolido la república hace 207 años. Pero cada gobierno se mide por lo que prometió, y en este caso, la promesa era muy alta.

El segundo, son las relaciones institucionales. Los duros enfrentamientos con las cortes, autoridades electorales, organismos de control, Banco de la República, operadores del sistema de salud, sectores del poder económico, han marcado el debate. Estemos o no de acuerdo, estas tensiones plantean interrogantes sobre los equilibrios necesarios para la estabilidad institucional de la nación y en ello se juega una parte fundamental del momento político actual.

Aun así, hay que reconocer que la izquierda, desde el gobierno, ha puesto en la agenda temas históricamente relegados: desigualdad, inclusión, transición energética, educación, reforma agraria real, recuperación de baldíos, medio ambiente, reforma a la salud, crecimiento económico, baja del desempleo, disminución de la inflación, salario mínimo vital y móvil, mejoramiento de condiciones para soldados y policías entre otros.

Eso, en sí mismo, ya es un cambio. Pero el poder no se gana para confirmar discursos. Se gana para enfrentar la realidad. Y la realidad no admite dogmas… solo admite resultados.

A mi juicio, para ganar la presidencia el desafío de la izquierda democrática es triple: recoger las candidaturas de centro izquierda con experiencia en el ejercicio del poder, en la administración pública y en la construcción política desde las regiones; demostrar que puede gobernar sin fracturar el país…., y tener la capacidad de no destruir al país mientras se intenta cambiarlo.

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