
Notas Sueltas Mientras Tanto 449.445. Una historia de votos, egos y una derrota que el propio Meta se fabricó.
Por: Nino Matus
849.587 – 449.445 – 52,9 % – 80.713 – 339.063
Cinco números.
Cinco cifras frías que, vistas de prisa, parecen una simple operación aritmética. Pero en realidad cuentan una historia política: la historia de cómo el Meta se quedó sin representación en el Senado de la República.
De 849.587 votantes potenciales, el 52,9 % acudió a las urnas el 8 de marzo. Sin embargo, solo 80.713 votaron por candidatos del Meta, mientras 339.063 lo hicieron por aspirantes de otras regiones. La consecuencia es tan simple como inquietante: un departamento importante, quedó sin voz propia en el Senado.
Y el contraste resulta inevitable. Departamentos como Sucre, Cesar, La Guajira, Risaralda o Cauca tienen entre dos y cuatro senadores elegidos, con votaciones similares —e incluso menores— que las del Meta, pero con una influencia legislativa mucho mayor.
Parafraseando al director colombiano Víctor Gaviria, el de Rodrigo D: No futuro, podríamos decir: ¡El Meta. No Senado!
Como en aquella película, una sociedad sin propósitos termina perdiendo el rumbo. Se queda sin ancla, sin dirección y, poco a poco, también sin futuro.
Entonces la política deja de ser un espacio de construcción y se fragmenta en pequeños feudos. Cada facción administra su pedazo de clientelas, sus banderas identitarias y sus trincheras electorales. Ya no se piensa en un propósito común, sino en la supervivencia del propio grupo.
Cuando eso ocurre, el debate desaparece. En su lugar surge la agresión y la política se convierte en un campo donde lo importante no es convencer al adversario, sino destruirlo. Lo más grave es que una sociedad que no logra acordar propósitos tampoco logra imaginar el futuro: apenas administra el presente.
Así, la carencia deja de ser solamente material. Se vuelve también una carencia de horizonte. Cada quien improvisa su propio ruido. Pero cuando todas las voces suenan al mismo tiempo, lo que emerge no es un proyecto de región, sino un ruido que termina pareciéndose demasiado al caos.
En ese contexto, lo ocurrido en la elección de Senado es el resultado lógico de una política fragmentada. A mi juicio, tres razones lo explican.
La primera tiene que ver con los egos y las ansias de poder que llevaron a distintos sectores políticos a promover múltiples candidaturas locales. El resultado era previsible: dividir el voto hasta que ninguna candidatura tuviera la fuerza suficiente para resultar elegida.
A esto se le llama: ¡perversidad!
La segunda razón fue la forma como se enfrentó la candidatura del senador Alejandro Vega, del Partido Liberal. Las críticas que recibió no estuvieron relacionadas con su gestión en el Congreso, sino con las disputas de la pequeña política local. En lugar de discutir su trabajo legislativo, se desató una campaña de ataques y desprestigio para evitar su reelección con un propósito verdadero: debilitar al sector político liderado por Jorge Carmelo Pérez.
A eso se le llama: ¡mezquindad!La tercera razón revela hasta qué punto la política puede volverse un juego de cálculos pequeños. Dos sectores políticos cobijados por una misma bandera, pero enfrentados entre sí, apostaron a que no resultara elegido ningún senador del Meta. En lugar de fortalecer una candidatura regional, decidieron apoyar aspirantes de otras regiones.
El objetivo no estaba en el Senado, sino en el futuro cercano: las elecciones territoriales dentro de año y medio. La apuesta es sencilla: apoyar hoy candidatos foráneos para reclamar mañana avales de partidos, influir en la conformación de listas y controlar candidaturas unipersonales. Ese es el botín. Perdón: ese es el objetivo.
A eso se le llama: ¡………..!
El resultado de todas estas decisiones debería conducirnos a una reflexión seria sobre la necesidad de definir propósitos regionales, antes de seguir alimentando los apetitos de algunos autodenominados “jefes”, tan fugaces como sus desacertadas decisiones.
Resulta inevitable una conclusión incómoda: Cuando el nuevo Senado se instale, muchos departamentos tendrán allí sus voces, sus debates y sus intereses. El Meta no contara con voz propia en una de las instancias más importantes del país. Nuestros votos estarán sentados en esas curules, sí, pero representando otros territorios.
Y así, en medio del ruido de la política nacional, quedará un silencio difícil de ignorar. El silencio de un departamento que, pudiendo tener voz, decidió quedarse sin ella.
Lo más inquietante es que no fue una perdida colectiva impuesta desde afuera. Fue una derrota fabricada desde adentro.
Entonces tal vez entendamos que los departamentos no se quedan sin representación por falta de ciudadanos, sino por exceso de pequeñeces.
Por eso, al final, como en la película, una frase resume toda la historia:
¡El Meta. No Senado ! Muchos votos. Ninguna voz.



