Por: Nino Matus
Recuerdo aquella mañana de 1986 en el aeropuerto Vanguardia de Villavicencio. Mi padre, Narciso Matus Torres, entonces jefe conservador de los Llanos Orientales, embarcaba en un DC3 a Álvaro Gómez Hurtado, acompañado por el exministro Felio Andrade Manrique y algunos amigos del Meta. Comenzaban una gira de cinco días por los seis departamentos del oriente colombiano, en plena campaña presidencial.
Yo estaba allí y durante 5 días, tuve la oportunidad de escucharlo hablar de la violencia, de las guerrillas liberales, de las llamadas repúblicas independientes que había denunciado en el Senado en 1961. También de la historia del Frente Nacional, de las conversaciones de Benidorm y Sitges entre su padre, Laureano Gómez, y Alberto Lleras.
Hablaba de política, pero también de arte, de historia, de economía, de la grandeza de los pueblos y de la necesidad de transformar el país.
Me cautivava su oratoria y la manera como hilvanaba las ideas. Lo vi dibujar caballos en servilletas y hojas sueltas, y descubrí que detrás del dirigente político había un hombre culto, sensible, con una curiosidad intelectual que no parecía agotarse nunca.
De aquel encuentro surgió una relación que marcaría mi camino desde mis 26 años: Me invitó a escribir en las páginas editoriales de El Siglo, y comencé a acompañarlo, junto con varios amigos, en sus recorridos y reuniones políticas. Después de mi padre, fue mi jefe político. No he tenido otro.
Álvaro Gómez era un conservador y nunca tuvo reparos en reconocerse como tal. Pero reducirlo a esa condición sería desconocer buena parte de su pensamiento. Era también un inconforme, un crítico del establecimiento y de una clase política que, a su juicio, había terminado confundiendo el ejercicio del poder con la defensa de sus propios intereses.
Su historia estuvo marcada por las contradicciones de Colombia. Hijo de Laureano Gómez, heredero de una tradición conservadora que tuvo responsabilidades y excesos durante la violencia de 1946 a 1958, cargó durante buena parte de su vida con el peso de ese pasado. No desconocía los errores de su partido ni los propios. Quizás por eso fue evolucionando hacia una concepción de la política menos sectaria y más abierta al diálogo.
El secuestro por el M-19, en mayo de 1988, fue un episodio decisivo: regresó a la libertad con una propuesta que terminaría convirtiéndose en una de sus principales banderas: el acuerdo sobre lo fundamental. No se trataba de que todos pensáramos igual, ni de renunciar a las diferencias, sino de encontrar unos mínimos comunes para construir país. "La paz no se alcanza a tiros", solía decir.
Su preocupación iba mucho más allá de alcanzar la paz. Le inquietaba un sistema político cerrado, dominado por intereses particulares, partidos que habían perdido buena parte de su capacidad de representar a la sociedad y dirigentes más preocupados por conservar sus espacios de poder que por transformar la realidad nacional. No proponía acabar con las diferencias ni imponer un pensamiento único. Por el contrario, entendía que una democracia necesitaba diversidad, debate y oposición, pero también la capacidad de ponerse de acuerdo en aquello que comprometía el destino de todos.
El acuerdo sobre lo fundamental era precisamente eso: establecer unas bases compartidas para garantizar la convivencia, recuperar la confianza en las instituciones, impulsar el desarrollo y ampliar la democracia. Una invitación a dejar de lado los sectarismos sin renunciar a las convicciones. En un país históricamente acostumbrado a convertir al contradictor en enemigo, aquella propuesta tenía una dimensión política enorme.
En 1990 lanzó su tercera candidatura presidencial y fundó el Movimiento de Salvación Nacional. Ya no quería representar solamente al conservatismo tradicional. Quería convocar a ciudadanos de distintas procedencias políticas alrededor de una propuesta de transformación. Volvió a perder, porque el liberalismo se unía, agitaba el trapo rojo y dedicaba la campaña a hablar de la violencia si el contradictor era Álvaro Gómez Hurtado.
Su momento estelar llegó en1991 cuando fue elegido para la Asamblea Nacional Constituyente, de la cual fue copresidente junto con Horacio Serpa y Antonio Navarro. Allí, antiguos adversarios de distintas orillas políticas se sentaron a construir una nueva Constitución.
Fue protagonista con una participación fundamental en aquel proceso: La Fiscalía, la Defensoría del Pueblo, la autonomía del Banco de la República, la elección popular de gobernadores y la ampliación de los derechos ciudadanos y ambientales hicieron parte de las transformaciones que se discutieron y plasmaron, surgidos del pensamiento de Gómez Hurtado.
Un hombre que había sido secuestrado por el M-19 terminaba compartiendo la tarea de construir una nueva institucionalidad con el ex comandante de dicha organización y con el principal vocero del gobierno al que habría de criticar con firmeza 3 años despues.
Alvaro Gómez tenía una manera particular de entender la grandeza. No la asociaba con el poder ni con los cargos, sino con la capacidad de pensar en grande, de proponer, de convencer y de transformar. Alguna vez sostuvo que "hay que cambiar las cosas para que luego, quizás algún día, valga la pena conservarla" . Era su manera de expresar la inconformidad con un país que parecía acostumbrado a administrar sus problemas en lugar de resolverlos.
El jueves 2 de noviembre de 1995, a las 10:20 a.m. lo asesinaron a la salida de la Universidad Sergio Arboleda, después de dictar una clase de historia constitucional y una charla sobre arte y cultura colombiana.
Recuerdo esa mañana: Me desplace a Bogotá y con los amigos de siempre estuvimos en la cámara ardiente del Capitolio Nacional y acompañamos sus exequias, caminando hasta el Cementerio Central. Fue un funeral de Estado. Colombia despedía a uno de los dirigentes más importantes de su historia, aunque nunca hubiera llegado a la Presidencia de la República.
Meses antes de su asesinato, había pronunciado una declaración que poco después cobró un significado particular:
"Ser abatido por ráfagas de ametralladora, como parecía ser mi suerte, no debía considerarse como un infortunio singular, quizás no era" "un bel morir" , como lo reclamaba Segismundo Malatesta; pero en las actuales circunstancias del país y del mundo, una muerte así podía no ser un sacrificio inútil, sino la creación de un símbolo que convocara un movimiento de restauración".
Colombia atravesaba uno de los momentos más críticos de su historia política reciente. El gobierno de Ernesto Samper estaba profundamente debilitado por el proceso 8.000 y Álvaro Gómez se había convertido en una de las voces más firmes en cuestionar su legitimidad. El 30 de octubre de 1995, apenas tres días antes de su asesinato, había dicho: "El Presidente no se va a caer, pero tampoco se puede quedar". Su voz pesaba demasiado en medio de un gobierno acorralado por las denuncias y los cuestionamientos. El 2 de noviembre, las ráfagas de ametralladora la silenciaron.
Su asesinato nos privó de un dirigente que todavía tenía mucho por decir dejando inconclusa una propuesta política que sigue convocando a quienes creemos que Colombia necesita algo más que la disputa permanente por el poder.
Cada 2 de noviembre vuelvo a escribir sobre él. No solamente para recordar al hombre que admiré, sino para preguntarme cuánto de aquel país que soñaba sigue pendiente de construir.
Aquel viaje que emprendimos en 1986, terminó hace cuarenta años y aun recuerdo sus palabras, sus dibujos, sus conversaciones y su manera de entender la política, el país y el mundo.
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"Mas ya me veis:
espero mi momento postrero,
curioso, preparado,
pues quizá me sea dado
sentir que llega, armada,
y herido por su espada
gritar: ¡Te vi primero!"
(Nicolás Guillen)


