Por: Nino Matus
Si algún día escribo mi autobiografía,
estoy seguro que no comenzará con la fecha en que nací, sino con una canción
que termine explicando una vida mejor que el calendario.
1977 y 1978. Llegando a los dieciocho
años, el mundo era ese territorio inmenso que apenas empezaba a descubrir y la
juventud tenía esa maravillosa insolencia de creer que todo era posible.
Eran los años de la música disco. La
película Fiebre de sábado por la noche, con las inolvidables canciones de los
Bee Gees, rompía todos los récords y convertía a John Travolta en el ícono de
la cultura popular que influyo en dos generaciones determinando la moda, el
baile y hasta el corte de cabello.
Fue entonces cuando escuche a una
cantante con una voz rasgada, poderosa y emotiva. Su nombre: Bonnie Tyler, una
mujer que convirtió la imperfección causada por una cirugía de garganta en su
sello inconfundible. Lo que para otros habría sido una limitación, para ella
terminó siendo su mayor virtud.
En la fría Bogotá la descubrí gracias a “It's
a Heartache”, canción que conquistaba el mundo. Un rock suave que atrapaba por
su melodía y por esa voz que parecía contar una historia que podía ser la de
cualquiera. Precisamente por eso me gustó más que muchos de los artistas que
sonaban entonces en la radio.
Nunca imaginé que aquella mujer galesa,
terminaría acompañándome durante casi medio siglo, a miles de kilómetros de mi vida,
Después vendrían “Holding Out for a Hero”,
“If You Were a Woman (And I Was a Man)” y el súper éxito, potente y dramática metáfora
del amor: “Total Eclipse of the Heart”, canción que sigue marcando a las nuevas
generaciones, la que cuando escuche término viviendo conmigo.
La vida siguió su curso. Llegaron
estudios, amigos, viajes, triunfos, y esas despedidas que todos vamos
acumulando sin advertirlo.
Y así fue como ocurrió….
Ocho años después..., otro país… La vida
me regaló una de esas personas que llegan sin anunciarse… En la hora del adiós,
me dejó una grabadora, un casete y Total Eclipse of the Heart sonando a todo
volumen. Me entregaba así un recuerdo para toda la vida. Desde entonces, esa
canción quedó unida a un adiós que el tiempo nunca ha borrado.
Siete años más tarde, el destino y la
casualidad quisieron concedernos un fugaz encuentro, curiosamente en los
Llanos. Solo hubo un saludo breve, una sonrisa serena y el decoro de dos vidas
que ya habían tomado rumbos distintos. Después sonó aquella canción…., después
nunca volvimos a vernos…, después permanece, discretamente, en un rincón de mi
memoria.
Dicen que la música no envejece. No
estoy tan seguro. Las canciones envejecen con nosotros, mientras van recogiendo
los años, las alegrías, las ilusiones, las tristezas y hasta los silencios.
Por eso, con mucha frecuencia escucho a
Bonnie Tyler. En su música vuelven a encontrarse todas las edades que he sido:
el muchacho que descubrió aquella voz; el joven que recibió aquella canción
como despedida; y el hombre mayor que soy hoy, que todavía encuentra en ese
"Turn around...", un lugar donde conversar con mi propia vida.
Hace pocos días, a los 75 años, murió.
La despido con nostalgia. No por sus
premios, su fama o por haber sido reconocida como "La primera dama del
rock". La despido porque, durante cincuenta años, su voz me ha acompañado.
Mientras tanto..., gracias, Bonnie
Tyler… o, Gaynor Hopkins. ¡Gracias por ser, la voz de mis recuerdos!

