Los departamentos nacen por decreto. Los territorios nacen con el
tiempo.
El poeta villavicense Eduardo Carranza encontró la mejor manera de
nombrar esta tierra: "Aquí está la
llanura. Y en la palma de su mano está la línea de la suerte de mi patria. Esa
línea es azul y se llama río Meta."
Por eso, cuando hoy conmemoramos un nuevo aniversario de la creación del
Meta como departamento, vale la pena recordar que esta historia comenzó mucho
antes del primero de julio de 1960.
Antes de ser un nombre en los mapas, el Meta fue un río. Fue una sábana
abierta al horizonte, el piedemonte, la selva profunda, los morichales y una de las mayores reservas de biodiversidad del
planeta.
Fue el hogar de pueblos indígenas que aprendieron a leer el lenguaje de
la naturaleza mucho antes de que existieran las fronteras. Siguieron los
exploradores españoles y alemanes, los esclavos negros, los misioneros jesuitas
y los colonos. Después los llaneros, que hicieron del caballo, del trabajo y de
la libertad una manera de entender la vida; mucho más tarde, miles de familias
provenientes de todos los rincones de Colombia y esa mezcla de culturas,
terminaría dando origen a una identidad tan amplia como el paisaje: el llanero
metense.
Como toda gran tierra, también conoció el dolor que todavía acompaña
nuestra memoria. Pero incluso allí donde la guerra pretendió imponerse, la vida
terminó abriéndose camino y la esperanza nunca dejó de florecer.
Entonces vale la pena preguntarnos: ¿qué celebramos realmente cuando
celebramos al Meta?
Celebramos mucho más que el nacimiento de un departamento dotado por la
naturaleza. Celebramos, también, a una tierra que aprendió a hacerse cultura, a
una historia que sobrevivió al dolor y a un futuro que todavía espera mejores
decisiones.
Como escribió el mismo Eduardo Carranza, “este es un llano de par en par como el futuro."
Por eso, este primero de julio no solamente debe ser la celebración de
una fecha, sino el momento de asumir un compromiso...porque el futuro no
llegará a caballo galopando desde el horizonte. Comienza el día en que
decidamos construirlo, recordando que los aniversarios sirven para mirar hacia
atrás, pero los pueblos verdaderamente grandes los aprovechan para decidir
hacia dónde quieren caminar.
El siglo XXI ha cambiado la manera de medir la riqueza de los pueblos en el agua de cientos de ríos y caños; en los
bosques que regulan el clima; en la biodiversidad que asombra a la ciencia; en
la Serranía de La Macarena, el Ariari, el piedemonte, la Altillanura, las
sabanas y la inmensa selva del sur; en la capacidad de producir alimentos,
conocimiento, turismo de naturaleza, porque su mayor
patrimonio no es únicamente su pasado, sino el inmenso futuro que tiene.
La naturaleza nos entregó un territorio extraordinario, pero todavía existen distancias enormes que no se miden
en kilómetros, sino en integración y en oportunidades. Las tareas pendientes las han dejado algunos que en
distintos momentos recibieron la responsabilidad de conducir el destino del
departamento privilegiando lo inmediato sobre lo importante, lo particular
sobre lo colectivo y aplazando, periodo a periodo, el enorme potencial de este
territorio. Allí sigue estando nuestro mayor desafío.
A todos corresponde estar a la altura de ese legado, especialmente
definiendo a quienes, desde el poder y la responsabilidad pública, tienen en
sus manos las decisiones que marcarán el rumbo de El Meta.
Porque nuestro departamento no es una Gobernación, ni una Asamblea, ni
sus alcaldías. El Meta es su gente. Es el campesino del Ariari, el llanero de
la sabana, el indígena en su resguardo, los cultivadores de la altillanura, los habitantes
del piedemonte, el empresario, el maestro, el científico, el joven, las mujeres
que viven en las ciudades.
Con palabras de nuestro poeta, "...pongo
mi oído sobre la tierra para oír el galope de los dichosos días que vendrán."
¡Feliz aniversario!

