Por: Nino Matus
Mañana elegiremos un nuevo presidente. Como ocurre en toda elección,
habrá ganadores y perdedores. Por eso mismo, esta vez estoy pensando más en el
lunes que en el domingo.
Me preocupa el país después de que se cuenten los votos: un país afectado
por la incapacidad de escucharnos, con un lenguaje más agresivo y por la
facilidad con la que el contradictor terminó convertido en enemigo. Me preocupa,
aún más, cuando escucho a personas del común hablar de armas para defender una
victoria o resistir una derrota.
Escribo desde
el dolor porque conozco el precio que Colombia ha pagado cuando el odio
reemplaza a los argumentos. Lo sé porque hace treinta y nueve años, cuando
asesinaron a mi padre, Narciso Matus Torres, por pensar diferente, comprobé que
la política puede volverse tragedia en un segundo.
Durante esos mismos años mataron conservadores,
liberales y casi exterminaron a la Unión Patriótica. Vi familias destrozadas y amigos que nunca
regresaron. Todavía hoy converso con hijos e hijas víctimas y veo cómo pasan
los años sin que las cicatrices terminen de cerrar. Por eso me duele ver familias divididas y amigos que ya no se hablan por
política. Son gente decente a la que convencieron que el contradictor es una
amenaza.
Desde cada orilla, otros sacan provecho de esa división: políticos en
decadencia que se niegan a retirarse, aspirantes en busca de
reencauche, mercaderes de
las redes sociales y oportunistas neo-escritores con IA, que mienten con
facilidad, porque descubrieron, que la rabia produce más likes que la verdad.
Alimentan resentimientos, ocultan hechos y difunden mentiras o medias
verdades, pretendiendo manipular a la opinión. Hablan de violencia y guerra
desde la comodidad de una red social, y olvidaron la responsabilidad de no
echar leña al fuego cuando la casa empieza a incendiarse.
Me aterran los discursos que evocan el resentimiento y las armas como
opción política porque, revisando nuestra historia, las violencias siempre han
comenzado con incendiarios y justificaciones.
Hay que decirlo con claridad: Colombia ha sido una sociedad intolerante y
conflictiva durante la mayor parte de su historia; lo único que cambian son sus
protagonistas. Las últimas tres décadas hemos vivido entre dos liderazgos
extremos que se necesitaban, mutuamente, para sobrevivir, mientras el país
aprendía a odiar. ¡Ya es hora
de parar! Hoy la patria necesita menos fanáticos y más ciudadanos.
Y aunque llego a esta segunda vuelta sin entusiasmos desbordados,
sintiendo que no estamos escogiendo entre dos sueños perfectos para Colombia, tenemos
el deber de votar.
Como defensor de la Constitución del 91, tengo mi decisión tomada, pero prefiero
guardarla no por comodidad, sino porque mi prioridad no es ayudar a ganar una
discusión política, sino aportar, aunque sea mínimamente, a bajarle la temperatura a un país y a una región, que llevan demasiado tiempo viviendo en medio de la
polarización y la confrontación.
Por consiguiente, no me atrevo a decirle a nadie por quién votar; pero
sí a pedir que después de votar, no conviertan a los demás en enemigos.
La esencia de la democracia radica en que frente al tarjetón, solo nos
acompaña la conciencia. Por eso, cada uno debe votar por quien considere el mejor
para el país, convencido que las elecciones terminan cuando se cuentan los
votos y que la convivencia comienza cuando aceptamos los resultados.
Porque al dia
siguiente todos nos vamos a encontrar en las mismas calles, con nuestros mismos
vecinos, amigos, familia,
problemas, sueños y compatriotas luchando por nuestros
propios hijos.
Por eso, para
mí, el próximo lunes es mucho más importante que el próximo domingo.
Narciso Matus Díaz "Nino"
Pie de foto: Mi padre, Narciso
Matus Torres, y yo. Nos mataron la posibilidad de seguirnos encontrando un
lunes después de elecciones. Que no nos pase como país.
